Ángeles caídos

De niña paseabas bajo los nidos buscando crías de pájaro que hubiesen caído. A veces, encontrabas algún polluelo que había sido capaz de sobrevivir al impacto contra el suelo y recogías aquel pequeño trozo de carne recubierto de pelusa y ojos desproporcionados y cerrados que no te miraban, que aún respiraba agitadamente y entreabría el pico. Y te lo llevabas a casa para alimentarlo con miga de galleta y luchar juntos por su recién estrenada vida. Pero siempre era él quien se rendía antes y tú quien te quedabas para llorar su pérdida y aprender de la experiencia algo sobre el mundo que ningún niño debería aprender jamás.

Difícil asumir la frustración ante la ingratitud de un ave aún sin plumas que no ha vivido pese a tus cuidados, dedicación y buena voluntad. Difícil identificar con las palabras compasión o injusticia el pinchazo que subía de tu estómago, así que tu voz infantil nombró a la tristeza y acudiste a llorar a los brazos de tu abuela, “gracias a Dios que estas alas que abres para acogerme en tu regazo son de ángel y no de pájaro, anciana, porque los pájaros mueren y yo no puedo soportarlo, ¿cómo iba a soportar que tú, que eres mi sangre y estabas en mi vida antes de mi nacimiento también pudieras morir?”, y alejabas las voces de la comprensión, que empezaban a insinuarte a tan tierna edad que tu abuela también fallecería un día, como lo harían tus padres, hermano, primos, amigos y tú misma.

De niña paseabas bajo los nidos buscando crías de pájaro que hubiesen caído y, a veces, no llegabas a tiempo para recoger alguna con vida y tratar de hacer algo por salvarla, a la vez que observabas con ojos curiosos, hora tras hora, a veces días, su agonía. Entonces, recogías un pequeño cadáver con ojos desproporcionados y cerrados y un pico entreabierto que ya no respiraba, y no te golpeaba la yema de los dedos con el galopar de un corazón desenfrenado quizá a causa del dolor, quizá a causa del miedo. Solías, en aquellos casos, observar aquel terror negro y sin brillo desparramado en tus blancas manos de palmas rosadas por el fluir de la vida y era ahora tu corazón quien latía rápido de dolor y de miedo, y tu sangre la que golpeaba aquel pequeño despojo que una vez se llamó pájaro y, sin embargo, no tuvo tiempo de aprender a volar.

Curiosa es el alma humana, tan impresionable y frágil ante un hecho tan cruel como conocido y aceptado, tan propensa al morbo y al empeño de mirar fijamente lo que no queremos ver; tan ávida de conocer lo que daríamos la vida por olvidar que sabemos. Cada pequeño muerto alado que recogías era llorado por ti, que ibas apoyándote en un temblor de piernas y un nudo en la garganta a despedir al fallecido con tu habitual ritual para esos casos, “Rosa, traigo un pájaro muerto para tu gato”, y aquella señora que siempre vestía de negro (como todas las viejas de pueblo que han perdido a alguien a quien quizá también estuvieron cuidando como hacías tú con tus polluelos) descorría la cortina del patio perezosamente, sin perder el hilo de la telenovela que seguía en ese momento por televisión, y te daba las gracias sonriendo, ignorando la catástrofe que se forjaba en tu interior y estaba haciendo tambalearse tu seguro mundo infantil.

Bien sabe Dios, en quien deseabas creer a toda costa cada vez que asistías al final de una vida, que, pese a sentir la necesidad extraña y dolorosa de hacerlo cada vez, no disfrutabas viendo cómo aquel gato negro y enorme, al que ofrecías aquel pequeño ser por el que tanta lástima sentías, se acercaba sigilosamente a la mano que le alargabas y tú notabas el roce de su hocico al apresar en su boca el polluelo muerto y luego se iba corriendo a esconderse para disfrutar de su festín en la intimidad. “Adiós, Rosa, ya se lo he dado”, “¿No duermes la siesta?”, “No, no me duermo”, y era verdad que nunca dormías cuando todo el pueblo lo hacía o se aletargaba en sofás delante del televisor, y te pasabas las horas más calurosas vagando por la misma calle estrecha, pegada a las paredes de las casas que tenían nidos en los tejados, buscando vidas que salvar o cuerpos con los que alimentar a un gato grande y negro que no podías ver como un gato, sino como un demonio que se regocijaba en el drama ajeno, un ser tenebroso que obtenía la vida alimentándose de la muerte de otros. Y el gato era negro, como los restos blandos de las aves que recogías con tus manos blancas, porque tú fuiste siempre de piel tan blanca... y por hecho diste que blanca eras, pero por aquel entonces ya habías intuido que te estabas volviendo gris, que serías gris en tu vida adulta, que el pueblo de tu infancia era blanco y tu cielo era azul y algún día todo sería gris: el pueblo, el cielo, los días, tú misma. Que el pinchazo en tu estómago, el nudo en la garganta, el morbo y la frustración iban a crecer contigo y Dios ya no sabría que tú no disfrutabas con las cosas tristes que veías y te obligabas a ver, porque de mayor tu Dios no iba a existir y estarías sola, sin los brazos de tu abuela, sin vecinas con gatos que borran huellas molestas que nos demuestran que la fealdad y el dolor existen comiéndose las penas de las niñas cuando las niñas no pueden con el peso de una pena que apenas son unos gramos de carne muerta.

De niña te arropabas hasta la cabeza e imaginabas que las sábanas eran un campo de fuerza impenetrable por las bombas, por el hambre y el frío y también por la tristeza, la soledad y la desilusión; por eso dormías en una punta de la cama e imaginabas que dentro, contigo y protegidos todos por tus sábanas mágicas, dormían todas las personas que sufren, todos los viejos descuidados y los niños sin infancia; todos los animales que no podías salvar de día y todos tus seres queridos entonces y los que querrías en el futuro. Y supiste que iba a ser un error crecer y abandonar tu lecho, levantándote cuando se hiciera de día y destaparte para ofrecer tu cuerpo, que también era carne comestible como la de tus pájaros, a un mundo tan cruel y tan sin sentido. Y comprendiste que los ángeles de inocencia y pureza sin mácula pierden sus alas pronto en este planeta, y así tú sangrabas lágrimas con cada pluma que tus alas perdían. Y entendiste que todos somos pájaros y nacemos libres y con la facultad de volar, pero frágiles y expuestos, susceptibles de quedar heridos de muerte por una mala caída o ser devorados por una bestia negra, vendidos por unas dulces manos que poco antes nos han envuelto con amor.

Ángeles caídos que jugaban a tu lado y te observaban crecer, ángeles huídos de la vida que te dejaron descomunales por qués tatuados en el alma, que ya no te abrirían sus dulces alas para consolarte cuando sintieses miedo o tristeza, pequeños ángeles alados que caían de nidos y a los que tú ibas a buscar para que se llevaran tu amor con ellos a otro lugar donde sí llegarían a volar, para reconfortarles en su despedida, que te dejaban sola llorando todavía hoy no sabes si por ellos o por ti misma. Soledad, tristeza, miedo, incomprensión, compasión. Dolor.

De niña abriste las ventanas de aquella casa que eras tú y tus ángeles se escaparon y te dijeron adiós, mientras tú escuchabas sus risas alejándose. Y a veces, tú aún les ves sobrevolando tu cabeza. Y buscas nidos de ángeles por la calle y comprendes que crecer fue una mala opción, pero la mejor que tenías. Cierras los ojos y evocas sus presencias. Sonríes. Eres un terror negro, tú eres muerte: y un ángel te acaricia con sus alas blancas para para curar tu desamor antes de pasar al otro lado y volver a dejarte sola. Mejor que te deje y vuele lejos. Mejor que no se caiga.