Autopsia


Tu lengua, arma de doble filo
Cuchillo con el que me hieres
Músculo con el que lames mis heridas
Y las sorbes, para luego escupirlas
Hechas puyas en mi vientre.

Y a pinchazos sobrevivo.
Y, en mi boca, me sobrevives.

Mi lengua
Que te susurra cuando te quiero
Que te grita cuando más te amo
Que se vuelve de corcho
y permanece inmóvil cuando te odio.

Tus brazos, cadenas, mi cárcel
Tus brazos, mi libertad
Con los que me matas
En los que vivo cuando me muero

Mi mejor regalo, mi corazón
Sin envoltorio y sangrante
Sístole, diástole
Un reloj atrasado
Tic, tac
Un reloj anclado
En un pasado reciente
En mi pasado presente.

Tus adivinanzas
Mi cuento de hadas

Tú, mi vida
Tú, mi muerte

Yo... juguete
De ti o de mi misma
Pero con pilas gastadas

Paraíso de sentidos
Infierno de sentimientos

Con rimas de parvulitos (y que le jodan a quien sepa de esta vida tanto para juzgar las actitudes de los demás)



Tras el vértigo en el estómago llegó el escalofrío
Y las ganas de llorar se agolparon al filo
De la garganta,
Haciéndose tan monstruosas que podían palparse
Pasando un dedo por el suave cuello.
Y se perdió el encanto, lo bello.
Y con la ilusión perdida,
Lo bonito de la vida
Quedó pisoteado en el suelo,
Donde finalmente estallaron las lágrimas
Como bolas de frágil cristal,
Tan frágil como mi cordura
Y también como mi propia voz,
Que se quebró y rompió en sollozos,
Con el corazón suplicando calma
Mientras por los ojos
Se escurría mi alma
Convirtiendo mi cuerpo en despojos.
Y el llanto siguió fluyendo
Dibujando en mi cara caminitos de humedad,
Como ríos buscando un mar
Donde diluir la angustia
Y el dolor por no entender nada,
Donde llenar un vacío
A base de agua salada
Y poder ahogar para siempre
Tanta pena almacenada.
Y el llanto fluyó …

Acerca de mi



Cuando me atreví a mirarla, traía las uñas rotas y se chupaba los dedos para lamerse la carne sin piel que, ensangrentada, asomaba debajo. “He estado demasiado tiempo aferrándome a ella”, me dijo, “y a veces insulto mi estupidez y castigo a martillazos mis dedos rotos para que el dolor me enseñe lo idiota que soy. Para que me recuerde que debo ser fuerte y no volver a intentar sujetarla”. A veces, la había retenido el tiempo suficiente. Las demás ocasiones, la vio irse y abandonarla cuando creía que estaba durmiendo y no se daría cuenta, y, entonces, las uñas volvían a sangrarle.

Cuando me atreví a hablarle, no pude decir nada con el sentido suficiente para que no se riera de mi y de mis intentos por hacerla feliz. Se rió a carcajadas, con la facilidad con que sólo saben reírse las personas tristes que sonríen por tonterías. Se arrancaba las uñas a bocados y sus risas no hacían más que aumentar mi angustia y sensación de mareo. Tragué mi propio vómito para no ensuciar más el ambiente cuando, loca de risa y de sangre de uñas en los labios, empezó a hablarme.

“Os enamoráis de mi por las mismas virtudes que luego me echáis en cara convirtiéndolas en defectos. Decidle a quien está en paro que vive estresada y angustiada porque se lleva demasiado trabajo pendiente a casa. Explicad a quien no destaca por un físico espectacular que la belleza está en el interior, porque en mi interior sólo hay tripas, comida a medio digerir, vísceras, heces y demasiadas dudas y nervios. Decidme que me quiera y que puedo brillar con luz propia cuando vivo en una mente tan oscura. Reprochadme que soy una inmadura, y luego comportaros como estúpidos y mostradme el sinsentido de mundo que estamos construyendo”.

“Os regalé fotografías donde os mostraba mi mejor y más auténtica sonrisa y señalásteis la mancha de mi vestido. Quizá hablo tanto que no he conseguido decir nada. ¿Cómo os explico que llevo demasiado tiempo viviendo de sueños cuando me sabéis insomne? ¿Cómo puede decir que está ardiendo por dentro aquella que siempre tiene las manos frías? Miss relaciones públicas, Miss querida de todos, Miss mil amigos... cómete el menú de tus miedos tú sola cuando nadie esté disponible para cenar contigo. Ponle horarios a tus penas para molestar lo menos posible a quien acepte escucharlas un rato. Acepta la moraleja que te den al final. Sonríe y da las gracias. Guárdate algunos detalles. Di que ya te sientes mejor. No rechistes. No dejes salir ni una lágrima cuando quien amas te diga que no sabes amar y tú te mires las uñas rotas por haber vivido aferrándote al amor. Por haber basado tu existencia en algo que ahora piensas que sólo existe para ti de la forma en que tú lo concebiste. Por lo que pierdes la vida cada noche y por lo que hoy ya nadie muere. Decidme que me gusta sufrir y que soy débil… estoy empezando a creer que es verdad”.

Cuando me atreví a mirarla, me había atrevido a acusarla. Ahora había enloquecido en su festín de uñas rotas. Le rogué que no me matara. Que no nos matara. Que, aunque doliera, siguiera aferrándose con sus uñas rotas a la ilusión por la vida. A la esperanza. Al amor. Que creyera en la felicidad.

Ella me miró triste por unos segundos. Se miró los dedos. Volvió a mirarme con una ternura que odio, pues aborrezco la autocompasión de la que padezco. La extraña inquilina que habita en mi y me posee me sonrió. Se encogió de hombros y se llevó los dedos a la boca, esta vez, de nuevo para lamerlos, aunque me torturaba enseñándome los dientes, amenazando con volver a morder. Se dio la vuelta y vi cómo el miedo a enfrentarme a mi misma la acompañaba a la puerta para que se fuera.